LA EDUCACIÓN DE HOY PARA MAÑANA. CARTA ABIERTA A QUIENES HACEN ESCUELA DÍA A DÍA. José Beltrán Llavador Universitat de València

BELTRAN

Texto de la intervención para la mesa redonda compartida con Joan Sifre, exsecretario general de CCOO PV, y Adolf Beltrán, periodista y escritor, con motivo de la Conmemoración del 20 aniversario de la Escuela de Personas Adultas Vicent Ventura, el 12 de mayo de 2016, en la sede de Comisiones Obreras de Valencia.

 

Cuando me invitaron a este acto, me sugirieron que hablar del futuro de la EPA. Y es lo que voy a intentar hacer, desde una mirada sociológica. Nos referimos a la mirada sociológica en un sentido metafórico, como una manera de ver la realidad, no de manera pasiva, sino de manera activa. La mirada sociológica es aquella que interviene en aquello que mira: la que no se conforma solo con explicar la realidad, sino que quiere implicarse y participar de la realidad, para transformarla en algo un poco mejor para todos, más justa y más habitable.

Pero antes de hablar del futuro, quisiera dedicar unos momentos a referirme al pasado. Porque no hay futuro posible sin un pasado del que procedemos, del que somos deudores y que nos explica en lo que somos y en lo que hacemos. Y tampoco hay futuro sin un presente, que es el aquí y ahora: el hecho de estar colectivamente en una conmemoración que tiene mucho de reivindicación. Los ejercicios de memoria son, además de necesarios, saludables. Son saludables porque nos dan una escala de nuestras trayectorias, de nuestras biografías, de cómo hemos ido cambiando individual y colectivamente, y porque nos dan una medida de lo que podemos llegar a ser. Es bueno saber de dónde venimos para saber hacia dónde vamos. William Blake decía que lo que ahora tenemos antes fue imaginado. En este caso, hace 20 años, un grupo de personas soñaron e imaginaron una iniciativa llamada Vicent Ventura, y desde ese mismo momento se dio el paso de lo pensable a lo posible. Lo posible es este espacio y este momento que estamos compartiendo, lo posible es esta escuela que es también vuestra casa, vuestra casa del saber, vuestro lugar de encuentros cotidianos, donde se tejen lazos de amistad y de solidaridad.

Ahora se me pide que hable del futuro de la educación a lo largo de la vida. Lo cierto es que los sociólogos no hacemos profecías, no predecimos el futuro, pero sí que podemos hacer pronósticos, en el sentido proyectar tendencias de cambios posibles.

Lo que voy a hacer a continuación es dar algunas pistas desde la sociología de las ausencias y la sociología de las emergencias. ¿Qué es la sociología de las ausencias? La sociología de las ausencias nos advierte que lo que no tenemos ahora se considera activamente como algo que no es creíble. Es decir, la sociología de las ausencias se rebela con el mensaje persistente y autoritario que nos dice que tenemos que conformarnos con lo que tenemos. Esto se resume en la frase: “esto es lo que hay”, que puede estar muy bien para algunas cosas, pero que es injusta y se queda corta para muchas otras. Y sobre todo, que es una invitación a la inacción, al inmovilismo, a pensar que no podemos cambiar las cosas. Pensemos que sería de nuestro país si durante el franquismo hubiéramos asumido sin más: esto es lo que hay. O si ahora mismo, ante la patología social que supone la corrupción dijéramos simplemente: esto es lo que hay. O que ante las venas abiertas de Europa, que sangra por los refugiados a los que no atiende, dijéramos tan solo: esto es lo que hay. Lo que hay no puede desactivar a lo que puede haber, a lo que no tenemos todavía, de eso trata la sociología de las ausencias.

En realidad, la sociología de las ausencias pretende dar el paso de lo imposible a lo posible. ¿Cómo? Entre otras cosas, cambiando nuestra noción o nuestra experiencia del tiempo. Boaventura de Sousa Santos, que es el autor portugués que inspira esta sociología, dice lo siguiente: Hemos de extender el presente y contraer el futuro. ¿Qué quiere decir con ello? Para empezar, que una vez más se nos ha hecho trampas con las palabras: usamos la palabra tiempo como si fuera una posesión, y decimos, por ejemplo: no tengo tiempo, como si fuera una cosa; si lo queremos atrapar, se nos escapa de las manos, como el agua. Y es que en realidad, el tiempo no es una posesión, sino una relación, una experiencia. Nosotros no podemos guardar el tiempo en un cofre, no podemos acumularlo como si fuera un capital. Más bien, paradójicamente, cuanto más lo compartimos y repartimos, más nos enriquecemos. Por eso, la experiencia cotidiana de la educación en la escuela Vicent Ventura es una experiencia que nos enriquece, que nos multiplica, que nos hace crecer. Seguramente, muchos de los presentes, educadores y estudiantes, habréis dicho al acabar el día: se me ha pasado el tiempo volando, que es lo mismo que decir, he vivido con intensidad: he sido tiempo expandido y contraído a la vez.  El tiempo es aquí y ahora: el presente que se expande hacia el pasado en forma de memoria y que se proyecta hacia adelante en forma de futuro. Hace cinco minutos estas palabras eran futuro: ahora son presente expandido.

Lo que quiero decir con esto es que lo más oportuno, para pensar el futuro de la Vicent Ventura y de la educación a lo largo de la vida, es pensar en términos de lo que ya es en este momento, de lo que está haciendo, y de lo que debe seguir haciendo.

De manera que la idea principal que sostengo es que el futuro de esta iniciativa solo tiene sentido como un crecimiento y una renovación del trabajo que vienen desarrollando conjuntamente el sindicato -que este año también ha cumplido su 50 aniversario- los docentes y la ciudadanía, la gente de aquí y los nuevos vecinos. Paulo Freire llama al último capítulo de Cartas a quien pretende enseñar “saber y crecer –todo que ver”. Y en él afirma que el proceso de saber implica el de crecer. También hay un aforismo que explica muy bien como crecemos en el saber, que dice así: primum videre, deinde philosophari (primero ver, y después pensar, reflexionar).

Por eso, para intentar pensar cuál puede ser el futuro de la EPA, me vais a permitir que presente un pequeño vocabulario, a partir de ver o de leer algunas palabras que nos pueden ayudar a descifrar algo así como el mapa de un tesoro. Las palabras que vamos a ver (que vamos a leer, a hacer inteligibles) forman parte del vocabulario de uso común y cotidiano en la Vicent Ventura.

  1. Biografía (y biograficidad): Hay una teoría social muy interesante (véase los estudios de Peter Alheit y Bettina Dausien, entre otros) que sostiene la importancia para la educación de revisar nuestras biografías, nuestros itinerarios, para poder tomar decisiones conscientes y cambiar, si así lo decidimos, el rumbo de nuestras vidas. Porque nuestra vida no es destino, no está escrita de antemano, no es un guion cerrado. Más bien nuestra vida es biografía, es apertura, posibilidad de construir sentido. ¿Cómo podemos revisar y cambiar nuestras biografías? Pues entre otras cosas, a través del aprendizaje narrativo (véase Ivor Goodson), intentando explicar nuestro mundo y explicarnos a nosotros mismos en el marco del relato social y cultural del que formamos parte. Todos formamos parte de una historia que nos explica y a la que tratamos de dar explicación. Freire decía que la gente corriente camina cada día por las calles de la historia. Ahora que se nos piden cuentas, resultados y producción en educación, que se clasifica a las escuelas según su rendimiento, y a los seres humanos según lo que producen, algunos sostenemos la idea de que hay otra manera alternativa de rendir cuentas, que consiste en rendir sentido: es decir, dar valor a nuestras vidas, relatar y dar voz a nuestras vidas. Con frecuencia oímos decir que en el terreno social hace falta construir un nuevo relato. ¿Por qué? Porque los cuentos que se nos cuentan desde los poderes públicos (cada vez menos públicos) y el conocimiento oficial que se nos transmite, están agotados: así, el relato que justifica la crisis no nos lo creemos, ni el relato que justifica la precarización de los jóvenes, ni el que justifica el TTIP (Tratado Trasatlántico de Inversiones y Comercio, ese nuevo ejercicio de imperialismo y de colonialismo). Necesitamos relatos verosímiles (es decir, parecidos a la verdad). Pero esos relatos sólo serán posibles y solo tendrán sentido si participamos en su elaboración. ¿De qué manera podemos participar en su construcción? Pues conversando unos otros con otros. O lo que es lo mismo: no se trata tanto de que nos pidan cuentas (y si es así nos las tenemos que pedir todos sin excepción), sino de que nos tengamos en cuenta unos a otros.

¿Y qué ha hecho la escuela Vicent Ventura desde hace dos décadas? Pues ni más ni menos que propiciar una conversación. Algo tan sencillo (y tan ausente de nuestra vida social) como invitar a la gente y decir: cuéntame, es decir, háblame de tu biografía, de tus expectativas. Me comprometo a compartir mi educación –lo que sé- con tu educación –con lo que tú sabes. Y esto nos lleva a la siguiente palabra: democracia.

  1. Democracia: Este año se cumple el centenario de la publicación de una obra de un pensador universal, John Dewey, que en 1916 escribió Democracia y educación, y es un libro que se lee como si se hubiera escrito ayer mismo. Este autor, además de ser un pensador de fondo, era un activista de los derechos humanos, un ciudadano que luchó por la abolición de la esclavitud y que impulsó un sindicato de educadores. Poco antes de 1916 Dewey había creado la Escuela laboratorio anexa a la Universidad de Chicago, y en ella concebía la educación como una forma de vida social. Los niños y las niñas aprendían construyendo mesas, cultivando huertos, preparando la comida que les servía de alimento y escribiendo sus experiencias. Los niños en esa escuela no se preparaban para la vida, como si hubiera una cosa tal como una vida en diferido, aplazada a un futuro lejano e inaprensible. No, los niños y las niñas se educaban en la vida. Esta escuela se basaba en dos ideas: en la creatividad de los seres humanos, y en la idea de experimento, es decir, en la convicción de que los seres humanos crecemos y nos educamos experimentando, ensayando, a través de la acción reflexiva. Pues bien, también la escuela Vicent Ventura tiene mucho de creativa y sin duda, lo que empezó siendo un experimento hoy se ha convertido en un auténtico laboratorio social en el mejor sentido. Las educadoras y los educadores continúan ensayando, conversando y aprendiendo de aquellos a quienes enseñan. Y sin duda, la mejor escuela es la escuela que aprende. No hay más que asomarse a sus aulas, hablar con docentes y estudiantes, asomarse a su página web, para comprobar que en la Vicent Ventura se respira vida (que equivale a decir, salud democrática), y contagia su vitalidad. Para Dewey, la democracia es impensable sin educación, como la educación es impensable sin democracia. La democracia no es un resultado acabado, es una exigencia cívica, que consiste en alcanzar nuestra ciudadanía plena. “Ser un ciudadano pleno significa pertenecer al mundo y vivir esta pertenencia desde la libre elección y con el propósito de procurar la mejora del yo, de los otros y del mundo” (Barry Clarke, 1990). Hablamos de pertenencia a un mundo que ahora mismo está en la encrucijada, como también la educación. Y esto nos lleva a la tercera palabra: encrucijada
  2. Educación en la encrucijada: Muy recientemente, un sociólogo bien conocido, Mariano Fernández Enguita, presentaba un informe que ha coordinado, con el título La educación en la encrucijada. Sostiene este estudio una tesis tan interesante como desafiante. La idea principal es la del paréntesis escolar. La escuela de masas, dice Enguita, la escuela que hemos conocido y que apenas ha cambiado en sus casi tres siglos de existencia, está llegando a un fin de ciclo, a un fin de época. Está cerrando un paréntesis histórico. No es que vaya a desaparecer la escuela, sino que va a transformarse profundamente respecto de sus marcos formales habituales y tradicionales. La escuela tiene que hacer una adaptación inteligente si no quiere que los vientos de la globalización la arrasen. Unos precedentes de su capacidad de cambio los encontramos en esa rica constelación de experiencias que configuró la escuela nueva. Y ahora, curiosamente, una escuela de jesuitas en Barcelona, está experimentando, como lo hiciera Dewey hace 100 años, con una forma diferente de hacer educación en espacios donde no hay muros que separan aulas, donde los docentes trabajan en equipo en un mismo espacio, donde cambia la organización del tiempo y donde la relación con el saber es otra. Ivan Illich, en 1978, ya se había anticipado a esto que ahora señala Fernández Enguita, en su libro La sociedad desescolarizada. Pero se le entendió mal, se creía que era un ataque a la escuela, cuando era una defensa de una sociedad crecientemente educativa, pero más allá de la escuela. Illich defendía la idea de desarrollar tramas de aprendizaje, más que paquetes de conocimiento. Estoy seguro de que muchas de esas tramas –compartir habilidades, compartir compañeros, acceder a objetos de aprendizaje- son las que ahora mismo se llevan a cabo en la escuela Vicent Ventura. Y esto resulta esperanzador. Esperanza es la cuarta palabra en la que me quiero detener.
  3. Esperanza: Esperanza en un sentido de espera activa, de iniciar todo aquello que todavía queda por hacer, sabiendo que tenemos un futuro preñado de posibilidades. No es una esperanza blanda, resignada, sino un principio que nos impele a una expectativa activa, que nos mueve a la acción y que nos mueve con los otros, es decir, que nos con-mueve, que desplaza nuestros marcos de sentido. Ernest Bloch escribió El principio esperanza y sintetizaba esta idea con una expresión muy bella, que nos remite al futuro como presente expandido: La esperanza es el todavía no, es decir, lo que está por venir, el porvenir que depende de nuestra expectativa, de nuestro horizonte. Podemos recordar, a modo de metáfora, la novela Ardiente paciencia (El cartero de Pablo Neruda), de Antonio Skármeta (como también de su versión fílmica). Allí se hablaba de paciente impaciencia del cartero iletrado, que poco a poco iba aprendiendo a leer. De manera similar, la escuela Vicent Ventura trabaja con personas en paro, inmigrantes, desplazadas, refugiadas, trabaja esa espera activa desde una paciencia deliberada, comprometida. Y no lo hace desde una perspectiva de compensación, sino desde una esperanza de emancipación. En la Vicent Ventura se trabaja con sujetos frágiles, desde el diálogo con la alteridad, desde el reconocimiento de los otros.
  4. Reconocimiento es la siguiente palabra de vocabulario. Vuelvo de nuevo a Paulo Freire, que pedía que su pensamiento fuera reinventado, transformado. Pues bien, la idea que sostengo (Beltrán, 2015, 2016) es que la pedagogía del oprimido puede dar paso a una pedagogía del reconocimiento. Axel Honneth sostiene que vivimos en sociedades de desprecio, y que la manera de superar la patología social que supone el menosprecio de individuos y colectivos solo puede superarse desde una tarea cívica de reconocimiento hacia los otros: cada sujeto tiene valor por sí mismo, tiene capacidades que hemos de saber valorar. Y el reconocimiento de los otros no ha de ser una utopía, sino un imperativo moral que pasa por saber ponernos en el punto de vista del otro. Es lo que intentamos hace ahora diez años, tres docentes -Paco López, Teresa Hermoso y José Beltrán-, a través de un informe, editado por el propio sindicato Comisiones Obreras, con prólogo de Joan Sifre, titulado Los otros como nosotros. El estudio se trataba de una investigación académica, a partir de un diálogo con la alteridad, pero sobre todo era un intento de llevar a cabo una praxis de la esperanza con los estudiantes de la Vicent Ventura.
  5. Utopía. Viene bien recuperar el sentido de esta palabra llena de potencia, ahora que se cumple el 500 aniversario de la Utopía de Thomas Moro, 1516. De nuevo, podemos desglosar la palabra utopía, de origen griego: u-thopos. Significa literalmente, no lugar. Y una vez más se nos ha hecho trampa, se nos ha vendido que el término significa imposible, no posible. La trampa consiste en dar un salto lógico y semántico e identificar “no lugar” como “no posible”. Volvemos así al principio de lo que señalaba la sociología de las ausencias: la convicción interesada de lo que no tenemos ahora no es posible ni verosímil. Pero esto no es cierto, hemos tenido experiencias de utopías que han sido realizadas, y que por tanto sugieren que hay otras utopías que son realizables. De alguna forma, en ocasiones la mera visión de la utopía (el “todo que ver” del que hablaba Freire) ya es una invitación a la acción: la utopía es como el todavía no, el espacio que tenemos que crear, la escuela y la sociedad que tenemos que convertir en laboratorio para saber y crecer, para todo aquello que está por ver, todo aquello que está por venir. Esto es lo que corresponde a una sociología de las emergencias: un futuro contraído lleno de posibilidades, de alternativas, de rebeldías proactivas y no solo reactivas.

Hasta aquí he presentado un breve vocabulario con apenas 6 palabras (hay muchas más): biografía, democracia, educación, esperanza, reconocimiento, utopía. Palabras que forman parte del mapa de un tesoro. ¿Qué tiene que ver este vocabulario con el mapa de un tesoro, palabra ésta que además se añadiría a las anteriores?

Precisamente hace 20 años (los mismos que cumple la escuela Vicent Ventura) se publicó un informe para la UNESCO coordinado por Jacques Delors, que llevaba por título La educación encierra un tesoro. Ahí, entre otras cosas, se afirmaba que la Educación a lo largo de la vida tenía la llave del futuro. Quienes nos dedicamos a la educación de personas adultas desde hace años, sabemos que empezó siendo algo marginal, una modalidad situada en los márgenes o en las periferias del sistema educativo; hoy esa periferia se ha convertido en un asunto central para las agendas de las políticas educativas internacionales. Desde hace tiempo, vengo sosteniendo  de manera fundamentada –y la conmemoración de esta tarde es una pequeña muestra, pero muy relevante- que la educación a lo largo de la vida es una revolución en marcha de la que todavía no somos del todo conscientes, un auténtico giro educativo, que marcará un antes y un después en la esfera educativa.

Podemos preguntarnos ahora, como hemos hecho con las anteriores palabras, por la etimología, por el significado gramatical del término tesoro. Pues bien, tesoro tiene relación con la palabra latina thesaurus, que es, entre otras cosas, un listado de descriptores, de nombres. Y esta palabra a su vez viene del griego thesaurós (depósito, riqueza). El tesoro, en definitivo, es la riqueza de las palabras que nos permiten nombrar el mundo, pronunciarlo y denunciarlo, pero también celebrarlo. El tesoro es nuestra capacidad de poner su auténtico nombre a las cosas, algo que Marx consideraba prioritario para la lucha y la dialéctica (discusión, diálogo) social. Hacemos cosas con palabras, y aprendemos, crecemos en el saber, conversando unos con otros. Nuestra relación como seres humanos es dialógica, está mediada por el lenguaje, por las palabras, y por su uso en actos de habla. Cuando una persona analfabeta aprende a leer y a escribir, está literalmente fundando un mundo. Pero los que somos personas letradas también necesitamos nuevos vocabularios, así como nuevos significados, para salir del imaginario dominante, esto es, para denunciar los descosidos de nuestro mundo, y para combatir la razón indolente, la irresponsabilidad organizada y la ignorancia planificada. También nosotros necesitamos alfabetizarnos, necesitamos una nueva ilustración (una nueva revolución o transformación profunda), como dice el título de una conocida cartilla, para ser un poco más libres.

Ese es el verdadero tesoro: el mundo social que ya habitamos y el mundo que queremos hacer más habitable. El tesoro no es lo que vendrá en el futuro, en una vida diferida o aplazada, sino lo que estamos haciendo ya cada día desde nuestro compromiso educativo y desde nuestro presente expandido, y también la tarea, siempre renovada, que nos queda por hacer. Una tarea que consiste en seguir reuniendo recursos para el viaje, que ya hemos emprendido, de la esperanza.

Muchas gracias por invitarme a compartir este viaje.